𝐋𝐚 𝐖𝐢𝐩𝐡𝐚𝐥𝐚 𝐲 𝐥𝐚 𝐎𝐍𝐔: ¿𝐑𝐞𝐜𝐨𝐧𝐨𝐜𝐢𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐨 𝐜𝐨𝐨𝐩𝐭𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧?

Por: Ivan Coa Apaza

El 1 de julio de 2025, el Ministerio de Culturas del Estado Plurinacional de Bolivia anunció públicamente que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha reconocido oficialmente a la Wiphala como símbolo representativo de los “pueblos indígenas”. Lejos de provocar unanimidad, este anuncio fue seguido de una ola de críticas, burlas e incluso insultos hacia este símbolo milenario. ¿Qué está pasando? ¿Por qué un emblema ancestral genera tanta controversia?

La raíz del problema está en que la Wiphala ha sido, desde hace décadas, blanco de cuestionamientos respecto a su origen. Esto, a pesar de que el Apu Inka Waskar Chukiwanka presentó una tesis rigurosa y documentada que demuestra su antigüedad y su profundo sentido filosófico. No obstante, persisten las dudas y los ataques, generalmente motivados por prejuicios, ignorancia o intereses políticos que buscan apropiarse o desacreditar su verdadero significado.

En Bolivia, la Wiphala fue reconocida como símbolo patrio en 2009, durante el gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), liderado por Evo Morales. En ese contexto, Morales formaba parte de una nueva izquierda continental que emergía tras el colapso del bloque soviético. Mientras algunos celebraban ingenuamente la caída del muro de Berlín, los sectores de izquierda se reconfiguraban, buscando nuevos discursos, nuevos actores y nuevos símbolos.

Así se apropiaron del discurso indio con la etiqueta “indígena”. En nombre de los pueblos originarios, se posicionaron políticamente y se afianzaron en el poder. La Wiphala fue instrumentalizada, utilizada como bandera de campañas, marchas y discursos, desprovista de su profundidad simbólica. Fue cooptada y descontextualizada, utilizada para fines ajenos a su esencia y, en ese proceso, profanada.

Hoy, sus detractores la desprecian sin fundamentos. Algunos la califican despectivamente como “un trapo”, mientras que otros la reducen a un supuesto símbolo de la “nueva izquierda”, ignorando su origen tawantinsuyana y su función sagrada dentro de las naciones originarias. Estas afirmaciones no solo revelan desconocimiento, sino también el efecto de una educación superficial que privilegia lo inmediato, lo mediático, lo ideológico, y desprecia tanto el conocimiento ancestral como el conocimiento científico planteada por ellos mismos.

La Wiphala no es una simple bandera decorativa. Al igual que el calendario Marawata o el Año Nuevo Indio, es la expresión visual de las naciones indias, con raíces filosóficas, históricas y espirituales profundas. No “representa” a gobiernos ni ideologías importadas. Su propósito no es no es reforzar repúblicas progresistas, sino reafirmar la existencia de civilizaciones indias con historia, soberanía y dignidad.

¿Y qué significa entonces que la ONU reconozca a la Wiphala? ¿Es una victoria? ¡No!.

Desde finales del siglo XX y con mayor intensidad en el siglo XXI, la ONU ha dejado de ser un espacio neutral para la cooperación entre naciones. Se ha convertido en un instrumento de imposición ideológica. Sus resoluciones, marcos normativos y agendas globales ya no responden necesariamente a los intereses de los pueblos, sino a los de una élite global que promueve ideas dominantes que muchas veces nacen en el Norte global y se difunden mediante organismos multilaterales, ONG y fundaciones privadas.

La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, adoptada en 2015, es una clara muestra de ello. Aunque afirma luchar contra la pobreza y promover la sostenibilidad, en la práctica impone directrices culturales, educativas y sociales que atentan contra la independencia y soberanía de los pueblos. Establece qué valores debemos aceptar, cómo educar a nuestros hijos, qué modelos de vida son “correctos” y cuáles deben ser descartados.

En nombre de la diversidad, se crean categorías que no fortalecen la “identidad indigena”, sino que la diluyen en un discurso globalizado. Se destruyen nuestras formas de enseñanza ancestral, nuestras estructuras sociales y nuestros modos de vida en el Ayllu, Marka, Laya, Suyu. Todo esto bajo una retórica de inclusión que en realidad uniformiza y domina.

Durante la pandemia de COVID-19, la ONU —junto con otros organismos globales como la Organización Mundia de la Salud (OMS)— impuso medidas únicas, desestimando cualquier conocimiento ancestral. Se censuraron voces que proponían alternativas propias, se ridiculizó el uso de plantas medicinales o rituales, y se impuso una narrativa única sobre la salud y el bienestar.

Hoy, la cooperación internacional está condicionada a aceptar una agenda ideológica que incluye, entre otros puntos, la legalización del aborto, la inclusión obligatoria de identidades de género en las políticas públicas y la transformación de los currículos escolares. ¿Quién define estas prioridades? ¿Desde dónde se imponen?

¿Estamos conscientes de ello?

La ONU ha sido capturada por una élite ideológica que promueve el relativismo moral, la ideología de género, el feminismo radical, el ambientalismo extremo y exótico y la disolución de las identidades nacionales. Para estos actores globales, lo indio bajo la etiqueta de lo “indígena” no es un sujeto político autónomo, sino un símbolo útil para legitimar una agenda que es ageno a nosotros.

Hoy que la ONU ha “reconocido” la Wiphala, ¿qué sigue? ¿Se intentará ahora regular o incluso prohibir su uso si no se alinea con esa agenda global dominante? ¿Se nos dirá que la Wiphala representa la “diversidad” o el “progresismo”? ¿Eso es lo que buscamos durante siglos de resistencia?

Los pueblos indios no queremos reconocimientos vacíos, ni sermones desde oficinas diplomáticas. No queremos que hablen por nosotros ni que nos dicten cómo vivir. Queremos independencia, respeto, soberanía y dignidad.

Lo que exigimos no es inclusión en una agenda ajena, sino independencia para caminar con nuestras propias palabras, nuestras propias formas y nuestros propios símbolos.

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